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Por Francia (II)

Cada uno viaja como desea o puede. Para mí disfrutar de un viaje no tiene nada que ver con la aventura, el riesgo o la acción. Tal vez sea un viajero pasivo. Prefiero sentarme y contemplar construcciones, paisajes y gente que transita por sus vidas y de paso por la mía.
Intento incluso hablar poco por si, distraído en extraer algo de mi mundo interior, se me escapa lo que transcurre delante de mis ojos. ¿Cuántas veces podré volver a pasear por esa calle? ¿Cuándo visitaré otra vez este museo o catedral? Seguramente que nunca: la economía y los años van limitando mis posibilidades poco a poco. Hay que capturar los instantes.
De todo lo que ve uno cada persona descubre lo que mejor le parece o interesa. Este verano, por Francia, me han quedado en la retina imágenes inolvidables y una pequeña "aventura" que pongo entre comillas porque no llega a ser más que un episodio minúsculo que sin embargo valoro como aventura por lo que de provecho le saqué personalmente.
Les cuento: salimos por la mañana con la intención principal de visitar Le Mont Saint Michel. Cuando llegamos al aparcamiento y esperábamos el autobús que nos acercaría a la entrada a la isla, nos informaron que la marea había subido tanto que impedía la circulación por el dique y que debíamos llegar a pie. Fue una suerte, en principio, ya que esto nos permitió un camino lleno de imágenes para fotografiar y grabar, un lento recorrido en el que pudimos contemplar cómo, poco a poco, nos acercábamos al conjunto monástico y nos identificábamos con los antiguos peregrinos que deseaban visitar la abadía. Cuando estábamos dispuestos a llegar al islote, los gendarmes nos impidieron el paso porque el dique estaba inundado. Al parecer era uno de los días en los que la marea alcanzaba un nivel mayor. La fuerza del mar era impresionante y el dique desapareció de nuestra vista durante un buen rato. Sin embargo, los turistas éramos cada vez más y nos fuimos agolpando junto a la verja y los gendarmes, que poco a poco fueron abriendo el paso alternativamente para entrar y salir de la isla. Durante un buen rato no fue todo tan agradable porque no sabíamos cuánta gente se agolpaba a nuestras espaldas y ya repasaba mentalmente lo que ocurre muchas veces con las aglomeraciones. No había vuelta atrás y los gendarmes no nos dejaban seguir. Aquí termina la "aventura". Tras una hora más o menos pudimos acceder a través de unas tablas y la marea empezó a bajar. Hicimos la visita que, por cierto, merece la pena y tras el descenso, en el que dudamos si era posible meter más gente en aquel islote o espectáculo turístico, salimos sin problemas. Precioso el refectorio, el claustro, la abadía y Le Mont Saint Michel, en general. Pero qué minúsculo me sentí dentro de aquella multitud de "peregrinos".

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