sábado, 7 de marzo de 2015

El viaje

Viajar siempre nos provoca algo. Cuando pisamos un aeropuerto, una estación; cuando recorremos carreteras comarcales, autovías, carriles y avenidas, reconocemos nuestra esencia nómada, nuestra necesidad de viajar.
Hay viajes simbólicos, iniciáticos, últimos...
El motivo que justifica un viaje puede ser simplemente ver mundo o buscar trabajo, ya que no lo encontramos en nuestro entorno. Pero, admitámoslo, la mayoría viaja para huir, para evadirse.
Los románticos deseaban viajar a lugares exóticos que les alejara de la realidad, que les hiciera creer, lejos de lo tangible, en sus ideales frustrados, querían evadirse de esa realidad; otros han buscado en lo oriental, en lo lejano, la belleza, la estética que su cercanía les negaba o algo que les confirmara su sensibilidad o existencia.
Normalmente, buscamos excusas para alejarnos de nuestra casa, de nuestra trabajo, de nuestra familia, en fin, de la rutina, las obligaciones y su hastío.
Odiseo viajó por motivos bélicos o adúlteros, según se mire, pero su vuelta fue casi imposible, llena de dificultades fascinantes que merecían la pena por el simple hecho de vivirlas, de contarlas. Kaváfis ya nos hacía reflexionar sobre la importancia o no de llegar a nuestro destino con estos versos: "Cuando emprendas tu viaje a Ítaca / pide que el camino sea largo, / lleno de aventuras, lleno de experiencias [...] / Ten siempre a Ítaca en tu pensamiento. Tu llegada allí es tu destino. / Mas no apresures nunca el viaje. [...] / Sin ella no habrías emprendido el camino. / Pero no tiene ya nada que darte. [...]"
Por desgracia Odiseo es solo una ficción y la realidad siempre se cuela por las rendijas de lo abstracto: te pone los pies en la tierra.
¿Cuántos han vuelto por nostalgia? ¿Quién no ha deseado volver porque ha descubierto que lo lejano es tan solo un espejismo?
Sin embargo, cuando volvemos, si es que podemos, el camino es como mínimo contrario y nosotros no somos los mismos. De la ilusión de la marcha pasamos a la resignación o a la angustia de la vuelta.
En mis novelas, lo confirmo ahora, siempre hay un personaje que vuelve hundido, derrotado, resignado o triste, como yo la semana pasada.
Despedidas y bienvenidas son momentos de emoción pero están cargados de impostura. Los adioses solo viven en nuestro interior porque sabemos que habrá que volver o, tal vez, lo temamos.
Hay también, como sabemos, viajes sin retorno.

Antonio Machado lo dijo más o menos así:
Estación de Collioure en los años 30

"Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar."

lunes, 3 de noviembre de 2014

Otra vez "El cráneo de la Araña"


Hay novelas que envejecen, como algunas películas, y otras que son universales. Esta semana he tenido por primera vez la sensación de que algo que he escrito yo se resiste a envejecer.
Aunque han pasado ya tres años de su publicación, mi novela, El cráneo de la Arañaha protagonizado otro día que me motiva a seguir escribiendo. El Club de Lectura de la Biblioteca Municipal Manuel Altolaguirre de Málaga la escogió para realizar una actividad muy interesante que consiste en un contacto directo, un coloquio, de los lectores con el autor de la obra. La directora de la Biblioteca, María Carmona, y Gloria Rodríguez, que es miembro de dicho club,  presentaron mi novela el jueves pasado y me formularon bastantes preguntas sobre su contenido, el proceso de creación y su veracidad. Algunos de los presentes me ofrecieron sus opiniones y valoraciones tras un intercambio muy agradable y fresco de ideas. Tengo que admitir que salí muy satisfecho por dos motivos principalmente: por comprobar que lo que había escrito les había gustado, que había sido entendido y considerado el esfuerzo por transmitir mis pensamientos y, sobre todo, por corroborar de tal modo que haya personas que tengan a bien dedicar su tiempo a leer y hablar de lo que descubren en los libros sin ninguna obligación, por el puro placer de compartir sensaciones y pensamientos.
Gracias a esta novela he conocido a Julián Ramos, director de los Yacimientos de La Araña, y al Club de Lectura de esta biblioteca. Gracias a esta publicación me he enriquecido como persona que sobrevive en este mundo como puede, como Luis Portillo.
El cráneo de la Araña, ya lleva dos presentaciones en las que me sentí arropado por Ángel Montilla, en la primera, y por mi inolvidable amigo Pablo Cantos y Lola Ruiz, en la segunda. Más tarde compartí otra charla sobre mi novela y la de Sergio Barce, Una sirena se ahogó en Larache, con algunos amigos y lectores adolescentes. Este es mi cuarto acto cuyo centro de atención es El cráneo de la Araña, solo por todo esto ha merecido la pena.
Mi agradecimiento a todos: María, Gloria, Ángel, Pablo, Lola, Julián, etc.
Termino recordando la generosidad de Pablo Cantos cuando me regaló este "book trailer" sobre mi novela. Gracias para siempre.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Por Francia (II)

Cada uno viaja como desea o puede. Para mí disfrutar de un viaje no tiene nada que ver con la aventura, el riesgo o la acción. Tal vez sea un viajero pasivo. Prefiero sentarme y contemplar construcciones, paisajes y gente que transita por sus vidas y de paso por la mía.
Intento incluso hablar poco por si, distraído en extraer algo de mi mundo interior, se me escapa lo que transcurre delante de mis ojos. ¿Cuántas veces podré volver a pasear por esa calle? ¿Cuándo visitaré otra vez este museo o catedral? Seguramente que nunca: la economía y los años van limitando mis posibilidades poco a poco. Hay que capturar los instantes.
De todo lo que ve uno cada persona descubre lo que mejor le parece o interesa. Este verano, por Francia, me han quedado en la retina imágenes inolvidables y una pequeña "aventura" que pongo entre comillas porque no llega a ser más que un episodio minúsculo que sin embargo valoro como aventura por lo que de provecho le saqué personalmente.
Les cuento: salimos por la mañana con la intención principal de visitar Le Mont Saint Michel. Cuando llegamos al aparcamiento y esperábamos el autobús que nos acercaría a la entrada a la isla, nos informaron que la marea había subido tanto que impedía la circulación por el dique y que debíamos llegar a pie. Fue una suerte, en principio, ya que esto nos permitió un camino lleno de imágenes para fotografiar y grabar, un lento recorrido en el que pudimos contemplar cómo, poco a poco, nos acercábamos al conjunto monástico y nos identificábamos con los antiguos peregrinos que deseaban visitar la abadía. Cuando estábamos dispuestos a llegar al islote, los gendarmes nos impidieron el paso porque el dique estaba inundado. Al parecer era uno de los días en los que la marea alcanzaba un nivel mayor. La fuerza del mar era impresionante y el dique desapareció de nuestra vista durante un buen rato. Sin embargo, los turistas éramos cada vez más y nos fuimos agolpando junto a la verja y los gendarmes, que poco a poco fueron abriendo el paso alternativamente para entrar y salir de la isla. Durante un buen rato no fue todo tan agradable porque no sabíamos cuánta gente se agolpaba a nuestras espaldas y ya repasaba mentalmente lo que ocurre muchas veces con las aglomeraciones. No había vuelta atrás y los gendarmes no nos dejaban seguir. Aquí termina la "aventura". Tras una hora más o menos pudimos acceder a través de unas tablas y la marea empezó a bajar. Hicimos la visita que, por cierto, merece la pena y tras el descenso, en el que dudamos si era posible meter más gente en aquel islote o espectáculo turístico, salimos sin problemas. Precioso el refectorio, el claustro, la abadía y Le Mont Saint Michel, en general. Pero qué minúsculo me sentí dentro de aquella multitud de "peregrinos".

lunes, 25 de agosto de 2014

Por Francia (I)

Este verano hemos estado recorriendo algunas regiones francesas: Bretaña, Normandía, los Países del Loira y, por supuesto, París. La intención era simple: salir unos días de España, disfrutar de las vacaciones y volver a sentir cómo es importante relativizarlo todo.
Aeropuerto Charles de Gaulle
Cuando se sale del país, todo lo que nos rodea como inmediato se convierte en algo menor, minúsculo, como las ciudades desde el avión. Los problemas locales, autonómicos y nacionales, se transforman en hormigas paletas o eso me parece a mí.
Si lees la prensa del país que visitas o ves la televisión, compruebas que en todas partes hacen lo mismo. Es decir, parece que solo nos debe interesar lo cercano, lo local, lo de nuestro entorno. Lo mismo me ocurre con los libros.
En Amboise
Por eso es importante para mí leer novelas ambientadas y escritas en otros países o culturas. Sin embargo, me gusta mezclar todo lo que puedo. Si leo a algún autor español, como este verano a Garriga Vela, Sergio Barce o Antonio Soler, necesito entrecruzarlos con novelas ambientadas en, por ejemplo, Japón y Finlandia con Murakami o en el Perú de Vargas Llosa. Si no, me canso un poco más de lo debido de nuestra cultura nacional. Muchas veces sirven otros escritores que me saquen simplemente de Andalucía.
En Francia, he visitado las tumbas de Chateaubriand y de Leonardo da Vinci. He localizado dónde nacieron Julio Verne, Balzac, Corneille y Flaubert. Me gusta conocer por dónde han paseado los escritores que conozco y admiro. Me parece que así puedo comprenderlos mejor. Seguramente que solo es un pretexto para visitar ciertas ciudades o para repasar mis lecturas.
Tumba de Chateaubriand en Saint Malo (Wikipedia)
De camino he probado platos normandos, cervezas francesas y las cuentas de sus restaurantes. Y he comprobado también cuán minúscula es España frente a otros países en lamentar de verdad su índice de paro y su salario mínimo.

martes, 8 de julio de 2014

Centenario bélico

Como dije hace meses, este año 2014 es el primero que me suena a nuevo siglo, pero no es cierto. Cuando he reflexionado sobre el porqué de esta afirmación he descubierto que solo sé mirar al pasado, que a lo que me suena es a la guerra del 14, es decir, a la Primera Guerra Mundial, a la Gran Guerra. Este año se celebra el centenario de su inicio no con nostalgia sino con el objeto de recordar para no repetir, para no olvidar que somos capaces de cometer las mayores barbaridades inimaginables.
No pertenezco al grupo de personas que, con la convicción de criticar la inhumanidad del hombre, defiende la benevolencia de los animales: que si un perro no haría eso, que si solo matan por alimentarse u otro tópico de ese estilo. No es necesario recordar a los depredadores, rapaces, carroñeros, parásitos y otros animales salvajes o educados para ser violentos que pueden llegar a la máxima crueldad, motivada o no. No olvidemos tampoco que nosotros somos un animal más, pero con la capacidad de ser extremadamente retorcidos al poder premeditar nuestras maldades.
Las guerras son difíciles de celebrar o conmemorar. En estos hechos históricos nos sentimos atraídos muchas veces por el cómputo de las víctimas y sus malsanas comparaciones con conflictos anteriores o posteriores, o por la confirmación de que somos capaces de extremar nuestras inversiones imaginativas, científicas y económicas con fines bélicos: aviones, dirigibles, submarinos, tanques, lanzallamas, gases mortíferos, etc.
Por desgracia nada sirve para evitar estas maneras de invertir nuestros esfuerzos o, lo que es peor, que la guerra siga siendo una manera de "resolver" los problemas. Cuando era un adolescente era un defensor optimista y utópico del pacifismo, ahora simplemente quiero creer en la paz, pero soy pesimista.
La guerra no llega a más, es decir, a ser nuevamente mundial, por motivos que no son pacifistas sino interesados. Y estos tienen un límite indefinido. Miremos ahora hacia Ucrania, Palestina, Siria, República Centroafricana, etc.
Ahora quiero leerme Adiós a las armas de Hemingway, enmarcada en la guerra del 14, y acabo de terminar Operación Dulce de McEwan, ambientada en la Guerra Fría. El tópico literario que enfrentaba la pluma a la espada siempre ha acabado adaptándose y está bien: "Si no puedes con tu enemigo, únete a él".

miércoles, 12 de febrero de 2014

Reiniciar

Todos sabemos que, cuando tenemos algún problema con el ordenador, lo mejor es reiniciar. No siempre sale bien, pero por lo menos sentimos que estamos haciendo algo, que intentamos resolver el problema y dejamos de mirar con cara de atontado a la pantalla del ordenador. Ojalá pudiéramos hacer lo mismo cuando, por ejemplo, abrimos el capó del coche al que se le ha encendido algún piloto misterioso o ha decidido no arrancar.
En el caso de este blog me he visto obligado a reiniciar las entradas. He conseguido soportar la obligación autoimpuesta de escribir algo todos los meses, lo que hacía que este acto voluntario se uniera al resto de compromisos y deberes de la vida corriente.
No he escrito nada en enero y me siento perfectamente.
La razón de este replanteamiento partió de la pregunta que me hice al final del año pasado: ¿para qué creé el blog?
La respuesta es simple: para opinar de lo que me interesa y compartirlo con quien quiera leerlo, para no sentirme desplazado del mundo que me rodea y que bulle por redes sociales, mensajerías y blogs como este.
Después de recibir más de doce mil visitas comprobé que casi nadie lee las entradas que más me interesan a mí: las relacionadas con los libros que leo o con temas más o menos culturales y son las que tienen títulos llamativos entre comillas las más visitadas: Basura, Poner en la picota, Restauración,…
Lo cual me lleva a la conclusión de que casi nadie lee la entrada sino que se conforma con el título y me parece bien, que quede claro.
Sin embargo, he decidido reiniciar estas publicaciones en un año que por primera vez me suena a siglo nuevo de verdad. Pero este es otro tema, el de otra entrada: la próxima.

sábado, 14 de diciembre de 2013

A propósito de La Araña

Llevo unas semanas en las que estoy asistiendo a actos o encuentros importantes para mí. El pasado 29 de noviembre disfruté del recital-presentación del libro A propósito de mi amigo y poeta Ángel Montilla. Como en anteriores ocasiones echamos un rato de literatura muy original: con canciones y poesías repletas de frescura, coplas y haikus. Estas presentaciones añaden a la lectura privada posterior, ya en casa y sin música, el revivir la voz del poeta, la luz y las sensaciones del acto, con lo que se añade a la poesía la verificación de que está viva y coleando.
Días después, es decir, esta semana fui invitado también, en el Centro de Interpretación de los Yacimientos de La Araña, a una charla dentro de la actividad "Café con Ciencia"con Julián Ramos, director de los mismos, que nos ilustró sobre los neandertales, sobre su falsa barbarie y su evidente pensamiento abstracto. Hizo también un repaso del futuro sobre el pasado que nos ofrecen las cavidades del yacimiento.
Tanto Ángel Montilla como Julián Ramos nos vuelven a demostrar el dinamismo de sus mentes creando arte o investigando, es decir, dando muestra de su humanidad.
Gracias a los dos por permitirme el privilegio de participar en ambos actos.

viernes, 29 de noviembre de 2013

LEY O EDUCACIÓN

Llevo una temporada sin escribir en el blog replanteándome lo que debo hacer con él y en esto estaba cuando me he visto obligado a escribir aquí sobre mi trabajo. No era mi intención, pero la política actual me empuja a comentar la LOMCE o como se llame.
Es deprimente volver a cambiar la ley de educación de este país a sabiendas de que no va a funcionar: unos afirman que no la aplicarán, otros que la derogarán. Estamos, como siempre, provocando conflictos sin resolver los anteriores: otro ejemplo del disparate que nos ha tocado vivir. Lo único seguro que nos ofrece esta ley, por tanto, –recordemos que es la séptima de la democracia– es que no va a servir para mejorar nuestro sistema educativo. Solo la defiende un partido que coyunturalmente maneja su mayoría absoluta con unos fines o compromisos ideológicos y electorales propios, como el resto de partidos españoles hasta ahora. Cuando le toque desaparecer del poder tendrá que depositarla en el cubo de basura de las leyes de educación junto con las anteriores.
Eso solo demuestra que nadie quiere realmente mejorar la educación ni que los niveles de nuestros alumnos mejoren en los informes de turno ni que tengamos una juventud preparada ni nada que se le parezca. Es tan estúpido emplear ese esfuerzo para redactar normas que no llegarán a desarrollarse, tanto tiempo, tanta palabrería vacua para un resultado absolutamente inútil. Todos sabemos que la única norma válida en un tema esencial como es la educación debe llegar de la unión y el consenso.
No se trata de estar de acuerdo con la nueva ley. Ni siquiera me merece el respeto de analizarla, ya que nace condenada como todas las anteriores.
Los políticos de este país siguen empeñados en demostrar su incapacidad de mirar al futuro y, sobre todo, de pensar en los ciudadanos.

jueves, 17 de octubre de 2013

El cerebro por los pies

No sé si he contado antes lo que quiero contar. Si es así, pienso repetirlo porque me ha venido a la mente al leer la noticia que más me ha impactado esta semana.
La Sociedad Económica de Amigos de País de Málaga cierra después de más de dos siglos (224 años) por falta de recursos económicos, valga la paradoja.
Cuando era un adolescente y vivía cerca de la plaza de la Constitución, tenía por costumbre entrar en el viejo edificio de la Sociedad para visitar la exposición de turno: cuadros, esculturas, fotografías, en fin, un poco de todo. Evidentemente, no era el museo del Prado, ni falta que le hacía. Para mí era suficiente, aunque confieso que casi siempre estaba la sala demasiado tranquila o casi vacía, tal vez, eso era lo mejor: todo aquello parecía montado para mí y me permitía permanecer todo el tiempo del mundo.
Se trata o se trataba –no sé qué tiempo emplear, la verdad– de la institución cultural y económica más antigua de la ciudad. Esas cosas no parecen importar en estos tiempos. Tal vez, lo esencial es si la Sociedad tenía wifi gratis o no.
Posee –creo que todavía no la han desmantelado– una biblioteca importante por la antigüedad de sus volúmenes y la variedad de sus secciones, la más antigua biblioteca pública de Málaga.
El franquismo le cambió el nombre por Centro de Estudios Andaluces, ya que fue un foco eminentemente republicano, pero no pudo o no quiso acabar con la institución.
En realidad, parece que todo esto no le importa a nadie en la ciudad, o por lo menos, a ningún organismo o entidad que pudiera haber evitado este final. Recordemos que lo que no es rentable en la actualidad no sirve o es como mínimo un gasto prescindible.
Algunos capítulos de El cráneo de la Araña los ambienté en sus dependencias ya que era difícil por aquellos años desligar la Sociedad del Colegio o del Ateneo y allí se reunía también la Sociedad Malagueña de Ciencias Físicas y Naturales y con ella algunos personajes de mi novela.
En fin, todo esto me lleva a la anécdota que quería contar. Por aquellos años en que vivía en el centro, cuando necesitaba buscar un libro o comprar un lápiz iba a una librería llamada La Ibérica, que más tarde en su declive pasó a llamarse La Nueva Ibérica, aunque su espacio se redujo y las ventas creo que también. En ese local, en la actualidad, hay una zapatería. En España, todos lo sabemos, es muy fácil sustituir el cerebro por los pies pero imposible lo contrario, cuestiones del progreso.

martes, 17 de septiembre de 2013

Dependencia o independencia


La independencia no existe. Partamos de esta idea. Podemos desearla o luchar por ella pero no es posible alcanzarla en su totalidad. Se pueden lograr grados de libertad considerables o dejar reductos libres e independientes de cualquier situación o estado, pero no todo. ¿Por qué? Porque no existe ni persona ni país ni nación que no tenga que compartir, asumir responsabilidades o verse obligado a ceder parte de su autogestión.
La independencia, o mejor dicho, el deseo de independencia es legítimo y comprensible. Es lógico querer hacer o decidir por uno mismo sin imposiciones, sin obligaciones, sólo acogiéndote a tus deseos u opiniones.
Sin embargo, cada vez hay más personas dependientes. Con los años se percibe que el ser humano tras un periodo de mayor o menor grado de libertad individual vuelve a sus raíces, en las que necesitábamos de la protección de nuestros padres para poder andar, alimentarnos e incluso miccionar. Más adelante necesitamos también ayuda para ir al médico, para caminar por la calle, para levantarnos del sofá, para nuestra higiene personal, en fin, para todo. El grado de dependencia condicionará nuestra calidad de vida cuando esta se acerque al final. Lo intermedio fue solo un espejismo.
Con los estados y naciones ocurre lo mismo. Desearíamos todos que nuestra patria fuera independiente y que se nos dejara ser dueños de lo que nos preocupe o interese directamente. Deberíamos tener incluso derecho a decidir si queremos ser independientes, desvincularnos de todo lo que nos atrofia, nos reduce, nos impide progresar, claro. Pero habría que contarlo todo. Si queremos esa independencia, deberíamos poder disponer de la verdad, de asumir que siempre habrá que sacrificar algo, de saber qué grado de dependencia habría que permitir después desde otros poderes. No existe, por tanto, un día dependiente al que sigue otro absolutamente libre. No existe tanta facilidad. No existen las utopías.
Luego están los disfraces, las metáforas malintencionadas con las que se confunde a la gente con banderas y soflamas engañosas. No nos equivoquemos: en realidad, todo es ficción.

lunes, 26 de agosto de 2013

Islas Canarias (II)

Uno de los rincones que más me gusta de Tenerife, del Puerto de la Cruz, es la playa de San Telmo que no son unas playas en el sentido mediterráneo o caribeño sino un espacio más o menos natural en el que se bañan los portuenses. Ahora andan con la típica polémica de renovar o conservar. Al parecer hay un proyecto de reforma que ha provocado protestas en las que el lema es "Salvemos San Telmo".
Sobre ese tema tengo mi opinión pero creo que, por visitar la localidad de vez en cuando, no tengo derecho a meterme donde no me llaman. Sin embargo, debo admitir que siempre que visito la isla siento la necesidad de asomarme a este rincón canario. La primera vez que estuve allí fue durante el viaje de estudios organizado por el instituto cuando terminamos el bachillerato, el BUP de la época. Paseamos por el pueblo sin orden ni concierto, sin información previa ni preocupaciones, como deben hacerlo los adolescentes, y de pronto nos encontramos con el Mirador de San Telmo: un muro de piedra volcánica desde el que se contemplaba la playa y la ermita del mismo nombre y los hoteles típicos de la zona. Turismo y naturaleza volcánica desde una perspectiva muy atractiva.
Este año, como siempre, he ido a contemplar el mismo paisaje y me he encontrado con la misma vista pero con la novedad de que no está el muro de piedra volcánica sino una barandilla reluciente. Por ahí van los tiros de las protestas, creo.
Antiguo Paseo de San Telmo
Nunca me he bañado en esa playa. No siento ningún interés en bañarme entre tanta gente con tan poco espacio y luchando entre las rocas y las olas. Para nadar prefiero la mar en calma y para tumbarme al sol la arena fina. No es eso lo que me atrae de esa playa sino un cierto aire primitivo, prehistórico y volcánico que aún mantiene aquel rincón.
Cuando vuelva a viajar a Tenerife, cuando regrese otra vez al Mirador, habrá barandillas o muros, ermitas o rascacielos, hoteles o "resorts" estrafalarios pero estoy seguro que quedará la piedra negra volcánica bañada por el océano. O eso espero.

jueves, 15 de agosto de 2013

Islas Canarias (I)

Cuando puedo ir de viaje busco lugares nuevos para aprovechar esa oportunidad y ver mundo, como se dice. Sin embargo, algunos veranos prefiero repetir paisajes o regiones. Las Canarias suelen ser las islas escogidas.
No serán Ítaca ni las Seychelles pero significan algo importante en mi forma de vivir las vacaciones.
En primer lugar, suelo buscar zonas donde puedo cruzarme con los paisanos. Hay algunas localidades canarias donde casi no se puede hablar en español, como en algunas playas de nuestra Costa del Sol. A mí me gusta, normalmente, el carácter insular canario tan lejano a otros más secos y fríos. No lo digo desde un punto de vista científico sino desde el callejeo y la vida cotidiana. No son mediterráneos ni arios y, es cierto, que me suelo cruzar con los canarios que viven del turismo. Sin embargo, busco playas o lugares frecuentados por los habitantes autóctonos; no sé, me sientan bien.
De las siete islas ya he visitado cinco. Me quedan La Palma y El Hierro. Espero tener la oportunidad de conocerlas algún día. Pero a la que ya he ido tres veces es a Tenerife, este año también.
Desde Tenerife hemos ido a La Gomera, dos islas por una. Lo mismo hicimos desde Lanzarote hace varios años, ya que pudimos visitar también Fuerteventura. De todas formas, cada vez que se vuelve a algún sitio se van incorporando nuevos rincones o localidades, además de no dejar de repetir los paseos preferidos y las vistas que no se pueden olvidar. "Todo pasa y todo queda...".
Este verano nos hemos subido en el teleférico hasta los 3.500 metros del Teide y hemos visitado la ciudad universitaria de San Cristóbal de La Laguna, Patrimonio de la Humanidad, pero volvimos a la playa Martiánez y a San Telmo y anduvimos por todo el pueblo.
Gracias a esto se cumplieron las expectativas, que no eran pocas.