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Malas rachas

En todos los ámbitos de nuestra existencia se suelen sufrir malas rachas: en el juego, en la economía e incluso en lo personal. Hay libros de autoayuda (palabra recogida ya en la próxima edición del Diccionario de la Real Academia) que te quieren convencer, aprovechando el deseo de que esto sea verdad, de lo contrario: que las malas rachas no existen per se, sino que las provocamos nosotros mismos.
Un problema de estos periodos no es recordarlos, ya que sirven siempre como aprendizaje, sino la imposibilidad de reconocer o adivinar su final mientras el desastre se desarrolla. Porque las malas rachas acaban, bien o mal, pero terminan.
Otro problema de estas malas rachas es cuando se concatenan y las últimas hacen buenas a las primeras.
En unos años recordaremos estos tiempos, este lustro o década, con cierta melancolía masoquista. Todos conocemos expresiones que tiñen de nostalgia tiempos pasados que, hablando en plata, fueron horrorosos y, sin embargo, algunos los recuerdan como mejores que estos. Se destacan tal vez, por un sentimiento instintivo o defensivo de optimismo, las "mejores" experiencias de la pobreza o la posguerra como positivas. 
Hay malas rachas o conflictos que parecen eternos como los del Oriente Próximo o la lejana África. Y otras que prometen por desgracia, larga vida o que se repitan y repitan. Sabemos incluso reconocer los momentos previos, gracias a la experiencia, por matices sutiles que anuncian el desastre.
No obstante, pensemos que tienen un final feliz, que las malas rachas deberían terminar porque algunas veces creemos que no se puede estar peor.
Pero esto es claramente incierto, porque la resignación y la indiferencia, que en el fondo son más cómodas, nos llevan al fracaso personal y colectivo. Tal vez lleguemos tarde a la hora de rescatar a los últimos náufragos y luego no es honrado lamentarse.

Comentarios

  1. De un tiempo a esta parte soy consciente de que la frase "no te preocupes, se ha tocado fondo y lo único que queda es subir" es una falacia. Es triste darte cuenta de que las cosas pueden ir a peor y eso es una certeza que hace unos años no tenía. ¿Será la edad?

    Un abrazo

    Laly

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